Entramos al recinto con el recuerdo del año anterior. El de un espacio enorme, un ARCO desordenado y complicado. Nos sentíamos como si estuviéramos frente a un pozo sin fondo.

Pero seguimos adelante, habíamos ido hasta IFEMA y no estábamos muy por la labor de dar la vuelta, además yo tenía que comprar el catálogo que me habían encargado. Los primeros minutos nos sentíamos más o menos así:

O así: como uno más entre un montón de desorientados que no saben muy bien hacia dónde ir, o qué buscar.

Pero cruzamos al otro lado y tras mirar el plano y tomar una cerveza en la Sala VIP empezamos nuestro recorrido sabiendo que encontraríamos de todo: buen arte, chorradas varias y esperpentos que no había por dónde coger. Gracias a la idolatría de mi compañero de viaje por las mujeres de Valdés empezamos por Marlborough. Y digo gracias porque era, sin duda, una de las galerías con la oferta más sólida. Aunque no destacara por su provocación, ánimo rompedor u ostentación pseudovanguardista, albergaba en su stand obras de la talla de Botero o la que se convertiría en la obra más cara de la edición número 30 de la feria: la vista de Madrid por Antonio López:

¡Bien! No empezábamos con mal pie y eso nos animaba a seguir adelante. Nos sentíamos como si hubiéramos salido del bosque oscuro del recuerdo y sabíamos que este año ARCO no defraudaría.

Esta nueva sensación nos hizo salir corriendo detrás de las galerías que habíamos preseleccionado como imprescindibles para que así nos diera tiempo a dejarnos sorprender.

Pero como bien dice el refrán, no todo lo que brilla es oro. Así que “a otra cosa”.

Y al final resultó cierto que si te dejas sorprender, puedes encontrar todo un mundo, incluso, en una maleta.

O puedes sentir la necesidad de atarte las manos para no ir corriendo a abrir el sobre que, supuestamente, guarda una foto de Marx que sólo se puede ver una vez al año, el 15 de septiembre, aniversario de la declaración de bancarrota de Lehman Brothers en Nueva York.

O encontrar una obra que te hace pensar en el blog de una amiga

Y oye, te acabas dando cuenta que no todo el mundo va a comprar, ni siquiera a ver Arte. Allí cada uno va a lo suyo, muchos incluso a lucirse, seguramente porque no quedaban entradas para Cibeles.

Eso sí, acatando la norma. Que aunque se prohiba fumar en todo el recinto, comer y beber está permitido, no como en el resto de espacios de arte del mundo.

El caso, que después de tanta absorción creativa…

…uno se queda un poco perdido.

Ya no sabe si lo que ve son novedades, copias, plagios o grandes clásicos

Clásicos que hacen que tu corazón sea una caja de cerillas a punto de prender.

Pero todo lo bueno se acaba. Y yo, que tampoco esperaba lo contrario, me fui con las manos vacías, los ojos cansados y y la ilusión de haber visto a algunos de mis artistas favoritos y nuevas propuestas que sí valen la pena. Veredicto final: ARCO 2011 ha vuelto a subir el listón.

Felipe el Simple

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