…o la belleza de lo cotidiano en un lugar desconocido.

Antonio (awerpower) se encontró con 24 años en Giggleswick, un pueblo en la mitad de la nada de Yorkshire, entre colinas desiertas al norte de Inglaterra. Había llegado allí con una beca del gobierno para trabajar como asistente del profesor de español de un internado.

A la derecha no había nada, a la izquierda tampoco. Sólo aire puro, tan puro que respirar pasaba a formar parte de esas cosas que se sentían diferentes. Pero el aire no era lo único que no era igual. Al caer la primera noche Antonio se dio cuenta de que nunca había visto tantas estrellas en el cielo, ni siquiera en las playas de las afueras de Málaga donde la lejanía de la ciudad permitía ver más astros de los acostumbrados. “Cuando vi ese cielo saqué mi cámara compacta
-no tengo una réflex- y la apoyé en el suelo, la mantuve lo más quieta que pude durante 20 segundos”.

Ya estaba instalado en su nuevo entorno. No cobraba un sueldo por su trabajo como asistente. A cambio de las horas de clase le dieron una casa y todas las comidas del día. La casa estaba dentro del campus del internado aunque un poco retirada.


Las comidas tenía que hacerlas en el comedor de los profesores y rápidamente pasarían a formar parte de la lista de cosas diferentes. Tan diferentes que Antonio no fue capaz de adaptarse a los horarios trastocados de los británicos que cenaban a las cinco o seis de la tarde. Y como nunca se acostumbró, siempre acababa cenando solo.

Pero la hora, mal colocada para cualquier español, no era lo único que parecía extraño en cuanto a las comidas. Un día, estando su familia de visita en el pueblo, entraron en un pub a tomar algo. Fue entonces cuando Antonio se encontró con una escena que resumía y explicaba a la perfección todas las diferencias culturales que existían en el ritual de la comida. Dos parejas de avanzada edad estaban en el mismo pub, cenando a las cinco de la tarde. “El ritual era para haber hecho un vídeo”. No hablaban, erguidos en sus asientos comían y bebían como si se tratara de un trámite en el que la educación es el único requisito imprescindible. “Me daba miedo hacer la foto, la luz no era muy buena y no sabía cuánto iba a dar la minicámara, pensaba que iba a salir con muchísimo ruido”.

Estas escenas, estos momentos empujaban a Antonio a seguir descubriendo la nueva cultura que le rodeaba, salía a pasear para hacerse a ese entorno tan extraño en el que el deporte nacional es comprar. Antonio, que no cobraba nada por su trabajo, prefería sólo pasear.

Sin embargo, Giggleswick es pequeño. No hay más de 700 habitantes, la mayoría de ellos estudiantes o trabajadores del internado y el edificio más grande, que recuerda al castillo de Harry Potter, es el colegio. Así que Antonio tuvo que buscar otros lugares por los que pasear. La ciudad más cercana al pueblo es Leeds, tampoco es muy grande pero está a una libra de distancia y desde ahí se puede coger un bus a Londres.

Una vez en Leeds y tras recorrer su reducido centro urbano, Antonio decidió que era el momento de ir a Londres.

Pocas veces sale el sol por estos parajes del norte de Inglaterra. Por eso, cuando se colaba entre las nubes o cuando decidía aparecer durante más de un puñado de horas, Antonio apuntaba y sacaba la foto, como quien persigue un instante irrepetible y atesora la sensación del calor del sol en una fotografía, como si de un impresionista moderno se tratara. Un día, estando en Londres, Antonio se dio cuenta de que el sol cambiaba el comportamiento de los ingleses. Fue cuando hizo su primera composición más trabajada, con imágenes superpuestas, para captar el movimiento de la luz, la gente en la calle y Londres.

En verano, al volver a Málaga, Antonio empezó a revisar el material que tenía en flickr y que había ido recogiendo desde su primer día en Inglaterra. Después de ver unas cuantas fotos se dio cuenta de que aquello recogía la esencia de una experiencia vital compartida. Hizo un portfolio, llamó a Tecla Lumbreras, profesora de la Universidad de Málaga, y le dijo “Vamos a tomar un café”. Después de haber hecho algunas exposiciones colectivas en Málaga, Antonio recibió una inesperada oferta de Tecla: una exposición individual en la Galería Central de la Universidad de Málaga. Había que buscar un nombre, un cartel y títulos para las fotos. El nombre: Home English, “era el que tenía que ser, en cuanto lo pensé me di cuenta de que tenía todo el sentido”. El cartel:

Antonio decidió adaptar él mismo el cartel de KEEP CALM AND CARRY ON que el gobierno británico había utilizado en 1939 ante el inicio de la Segunda Guerra Mundial. “Mantén la calma y sigue adelante en este nuevo entorno tan bonito pero tan hostil” fue lo que pensó Antonio. Los títulos de las fotos supusieron el momento más difícil. “Se me da fatal lo de poner título a las cosas”. Algunos títulos salieron de canciones, como Hit me with lightning, de una canción de Ellie Goulding, la cantante que hablaba de la vida en el “countryside” y que había puesto la banda sonora a muchos días de Antonio. Otros títulos eran expresiones típicas del lenguaje cotidiano, como Every effing night. Y así fue dando nombre a todas las fotos de la exposición. Una exposición que fue todo un éxito. Las fotos de 50×70 captaron la atención de un público que llegó incluso a querer comprar las fotos que, con su aparente sencillez, encerraban todo lo que ha sentido cualquiera que haya vivido en un país diferente a aquel en el que nació. En ese proceso Antonio conoció a Quinnford&Scout, una pareja de jóvenes creativos y artistas polivalentes que documentan gráficamente cada uno de sus meses juntos. “Nuestros proyectos son diarios, los míos son diarios de viaje, los suyos son diarios de vida íntima”. Después de meses de hablar por flickr y comentar sus fotos, estos chicos irlandeses invitaron a Antonio a pasar unos días en su casa en Manchester. Ellos le dieron a Antonio el empujón que le faltaba para apostar por sus fotografías, exponerlas y mostrarlas al mundo. Además nos dejaron esta foto inédita, nunca vista hasta este momento:

Antonio vive ahora en Birmingham y entre sus proyectos futuros se cuentan un podcast periódico sobre música británica (la música es su gran pasión), seguir con sus colaboraciones en Fucking Young! y seguir haciendo fotos, aunque reconoce que ahora tiene menos dinero, la ciudad es más oscura y las fotos son más grises. A mi no me importa. Pienso seguir todos y cada uno de esos proyectos y, quién sabe, colaborar en alguno.

Felipe el Simple

 

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